Hablemos de Vicente.
La oscilación oportunista entre posturas políticas y gustos culturales revela menos una apertura de mente que una profunda inseguridad identitaria, moldeada por la presión de pertenecer y ser reconocido por quienes se perciben como superiores.
Del “Vicente” político al “fan” intercambiable
El refrán “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente” sintetiza a la persona que renuncia a su propio juicio para dejarse arrastrar por la mayoría. En política, eso se traduce en sujetos que hoy enarbolan banderas progresistas y mañana celebran discursos reaccionarios, según con quién salgan a tomar cerveza o qué esté marcando tendencia en redes.
Brecht denunciaría ahí al “analfabeto político” que cree estar por encima de la política, cuando en realidad es su mayor víctima, porque entrega sus decisiones al ruido del entorno. Esa supuesta neutralidad, que a menudo se disfraza de ironía “cool”, es en realidad una forma de servidumbre: quien no piensa su posición, la recibe hecha por otros.
Cultura, esnobismo y capital simbólico
En el terreno de la música, el mismo patrón se repite: un día se idolatra una banda o un género, y al siguiente se repudia con el mismo fervor, no por una reflexión crítica, sino porque el grupo de referencia ha cambiado. Pierre Bourdieu mostró cómo el gusto funciona como marca de distinción: las clases con mayor capital cultural definen qué se considera “buen gusto” y las demás tratan de imitarlo para acceder a un cierto prestigio.
El snob y el petimetre no aman realmente las obras, aman el efecto social de parecer “por encima” de los demás. En esa lógica, cambiar de gustos musicales —o estéticos, o políticos— no es un proceso de descubrimiento, sino un ajuste calculado para estar siempre cerca del capital simbólico más rentable del momento.
Ideología líquida y consumo de identidades
Žižek ha insistido en que el capitalismo tardío es capaz de convertir incluso las identidades críticas en mercancía, integrando las diferencias culturales e ideológicas al circuito del consumo. Así, al sujeto “Vicente” se le ofrece un catálogo de posiciones políticas y gustos culturales listos para usar, que puede combinar como quien arma una playlist: un poco de rebeldía estética, algo de corrección política, un toque de cinismo posmoderno.
El resultado es una ideología líquida: no una convicción articulada, sino un patchwork de señales que se activan según el público presente. No hay incomodidad, porque el sistema premia al que se adapta rápido y castiga al que persiste en una posición que ya no es rentable simbólicamente.
“Arrimarse al árbol” y la comodidad del refugio
El refrán “A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija” alude a la protección que brinda el poderoso a quien se coloca bajo su amparo. En clave contemporánea, arrimarse “al árbol que más sombra da” es buscar abrigo no solo en el poder económico o político, sino también en el poder simbólico de ciertos grupos, escenas culturales o figuras públicas.
La persona que hoy elogia a un líder o una banda y mañana los desprecia, lo hace para no quedarse nunca al sol: siempre está calculando dónde hay más sombra, es decir, dónde hay mayor consenso, prestigio o visibilidad. Esa táctica constante de refugio implica renunciar a la intemperie de la crítica, donde uno se queda, a veces solo, sosteniendo una posición impopular pero pensada.
Criterio propio y responsabilidad histórica
Brecht advertía que no basta con condenar el síntoma (el fascismo) si se ignora la estructura que lo produce (el capitalismo que lo hace posible). Algo similar ocurre con estas oscilaciones: no basta con reírse del snob o del voluble; hay que ver la estructura social que premia la adaptabilidad cínica y castiga la coherencia.
Frente al “Vicente” que va donde va la gente, se perfila otra figura: la de quien acepta el costo de pensar y sostener sus decisiones estéticas y políticas en el tiempo, revisándolas críticamente, pero no cambiándolas al ritmo del aplauso. En una sociedad que convierte incluso la rebeldía en estilo de consumo, tener criterio propio deja de ser un gesto meramente moral y se vuelve una forma concreta de resistencia.

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